El derecho olvidado a ensayar

En la obra Con la boca llena de Trigo, la autora Mayte Gómez Molina retrata cómo la protagonista Anna, artista plástica, se bloquea tras firmar el contrato más importante de su vida profesional. Ese contrato-meta donde se le posiciona en el papel de buena artista, donde se marca una expectativa externa económica y cultural y convierte su talento en algo con lo que debe cumplir ciertos plazos, acaba siendo la caja mental que le impide pintar.

Durante un buen tramo de la historia, Anna convive no solo con la sensación de ser insuficiente y sentirse impostora, sino aún más importante, con la incapacidad siquiera de poder ejercer algo que de forma cotidiana le solía apasionar: pintar.

Cualquiera que haya creado algo mínimamente artístico podrá empatizar con nuestra protagonista porque siempre es complicado gestionar la autoestima y el impacto que cualquier comentario o estímulo externo tiene sobre nuestra obra y por ende, sobre nosotros.

Pero no quiero hablar del mal diagnosticado síndrome del impostor -qué manía de patologizar todo-, sino más bien de la presión que supone para todos nosotros el crear constantemente una obra maestra.

¿Qué pasa cuando sentimos que cada cosa que hacemos tiene que estar a la altura de aquello que ya hemos conseguido?

Hacer algo extraordinario

Hay algo que nos han traído las redes sociales y los medios de comunicación en general y es esa constante exposición a obras maestras, a productos acabados y a procesos romantizados.

Estamos constantemente expuestos a grandes trabajos cerrados, sin fisuras, reflexionados, poco más que iliminados por la mano de dios.

Y puede que las narrativas generales sean de una epicidad necesaria para vender ciertas obras, pero la realidad de cualquier artista pasa más por una cuestión artesanal de fallo y error que algo que de repente aparece tras pensarlo muchísimo, trabajar con conceptos o ser visitado por las musas.

Carmen Boza es una de las cantantes que me han acompañado en la adolescencia, es de esas compositoras con las que he crecido y que por alguna extraña razón acabé por adorar porque hablaba de lo que yo sentía y le ponía voz a mucho de lo que creía. En fin, qué os voy a contar de los fandoms adolescentes.

El caso es que de Carmen recuerdo especialmente sus vídeos en Youtube, donde una persona que sabía tocar el piano y cantaba bien subía pequeñas versiones de canciones o composiciones propias que parecían más notas que canciones. Recuerdo encontrar en su Soundcloud un pequeño disco llamado Capsúlas I —nunca hubo un II— que reunía maquetas grabadas con el móvil y de las cuales —eran como catorce— solo sobrevivió una canción en su primer disco oficial: «El Mayordomo». En definitiva, recuerdo la cantidad de “proyectos” que escuchaba de ella grabados sin ningún tipo de producción y lo bonito que fue cuando después de cerca de 3 años de escuchar sus composiciones más brutas acabaron producidas en La Mansión de los Espejos.

Aquello que hacía Carmen no era otra cosa que ensayar.

Y pareciera que ahora mismo es complicado tomar esa actitud ante los procesos creativos, que acortamos constantemente, los ocultamos, los juzgamos como poco válidos, los aceleramos; la imperfección o los fallos acaban saliendo y solo queda lo que se supone debe ser la Obra.

Pareciera que nos hemos situado fuera de todo aquello, de aquel ensayo, y no nos pudiéramos encontrar ahí. Todo debe ser perfecto.

El ensayo

Lejos de aquel ensayo literario, me gustaría apelar más al ensayo musical, es decir, aquel espacio en el que se prueba todo, luces, sonido, volúmenes y hasta coreografía, una suerte de tester donde se analizan y ven errores que se intentan solventar para el pase final.

Esos ensayos se conciben como parte del proceso, de la actuación final, y sin ellos seguramente no sería posible lo que ocurre sobre el escenario.

Debería ocurrir parecido en el arte y en lo que hacemos. Marcar el estándar de que todo cuanto hacemos debe obedecer a una obra superior o a una gran fotografía tiene más de problemático que de creación, y creo que da razón a lo que ocurre en cierto punto hoy: la repetición constante de imágenes, bien por referencia, bien por pura funcionalidad.

Volver al ensayo

Quizá el problema de exigirnos que todo cuanto hacemos esté a la altura de una gran fotografía es que terminamos dejando de experimentar. Si cada imagen tiene que ser suficientemente buena para enseñarla, publicarla, incorporarla a un proyecto o demostrar que seguimos siendo buenos fotógrafos, acabamos recurriendo a aquello que ya sabemos que funciona. Y cuando dejamos de experimentar, empezamos a repetir.

No necesariamente porque copiemos a otros sino porque buscamos aquello que ya sabemos reconocer como bueno. La luz que sabemos que funciona, la composición que sabemos resolver, el tipo de fotografía que ya hemos hecho antes. Es una forma bastante cómoda de hacer fotografías, pero también una forma bastante eficaz de dejar de descubrir cosas.

Quizá esa sea precisamente la función del ensayo: no tiene como obligación producir una obra maestra, sino producir conocimiento.

Creo que necesitamos recuperar ese espacio también en fotografía. Un lugar donde algunas imágenes puedan existir sin tener que formar parte de una serie, de un portfolio o de una publicación, que no necesitan ser buenas, que simplemente prueban una idea. O incluso proyectos enteros que no llegan a ninguna parte.

Y quizá aquí esté la contradicción de intentar construir constantemente una obra maestra: para encontrar algo nuevo tenemos que permitirnos hacer cosas que todavía no sabemos si son buenas. Quizá no necesitamos hacer constantemente una obra maestra, más bien necesitamos algo bastante menos ambicioso: un lugar donde poder ensayar.

Porque quizá el problema de Anna no era sentir que no podía pintar, sino que también se puede pintar sin saber todavía qué cuadro estás intentando hacer o si tan siquiera va a ser un cuadro.

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